Su nombre era Daniel, pero todo el mundo le llamaba Floyd, debido
a su gran afición al grupo musical inglés. Era un tipo fuerte, alto pero no
demasiado, de cabello castaño y sus ojos eran tan oscuros que parecían negros a
primera vista, pese a ser marrones si te acercabas a él. Aunque tenía tan solo
quince años, su espalda era ancha, al igual que sus hombros. Siempre se
afeitaba tras su ducha diaria, echándose agua calienta a la cara y frotándosela
con jabón, formando una espuma blanca que desaparecía cuando pasaba la cuchilla
de afeitar. Todo eso lo hacía mientras, por los altavoces de su móvil, conectados
en el baño, sonaba el álbum «The Dark Side of the Moon», de su tan adorado
grupo Pink Floyd.
Si bien cada día sus costumbres solían variar, nunca
cambiaba el hecho de desayunar cereales de chocolate en forma de bolas con
leche fría por encima, por la mañana, antes de ir al instituto que tan poco le
gustaba. Lo odiaba, más bien. Su vida estaba en las series de televisión, la
música, el cine y las novelas; no en los libros de texto, los profesores
amargados, que estaban ahí dando clases por no haber podido sacar mayor nota en
selectividad; los adolescentes malhablados con los que tan poco se
identificaba, las muchachas tan tontas que andaban tras los malos tipos, los
mismos que fumaban marihuana o incluso consumían pastillas de éxtasis. Y todo
aquello en individuos de quince o dieciséis años.
Floyd solía decir que el mundo se iba a ir a la mierda con
personas así. Claro que aquellos que lo escuchaban no eran otros sino Joaquín
Sanabria, su mejor amigo desde el primer año escolar, y Elena Fuentes, la chica
de la que estaba enamorado desde el primer momento en que la vio. Claro que eso
no se lo había contado nunca: no había visto la oportunidad para ello. Siempre
se solía decir a sí mismo: «hoy le diré la verdad», «no puedo ocultárselo más
tiempo», o cosas similares, pero nunca tenía el valor suficiente como para
contárselo. Floyd pensaba que eso pudo ser excusa cuando tenía doce o trece
años y acababa de conocerla, pero ahora había pasado bastante tiempo y debía de
contárselo, al menos por simple e hiriente orgullo. Se lo decía cada mañana,
mientras desayunaba cereales de chocolate con leche por encima; cada tarde, mientras
caminaba al lado de sus dos mejores y prácticamente únicos amigos en este mundo;
cada noche, mientras se afeitaba con música de su grupo favorito de fondo.
Aquella noche oscura en la que el invierno se acercaba,
mientras cenaba un plato de pechugas de pollo demasiado hechas, Floyd no pudo
evitar pensar en Elena y en sus ojos, en su cabello rozándole la perfecta
espalda, en sus preciosos labios pidiéndole que los bese. Cuando terminó de
cenar, le dijo buenas noches a su madre y le dio un beso en la frente. Pensó
entonces en su padre, al que tanto echaba de menos desde aquel día soleado en
el que la parca se lo llevó. Se fue a la cama variando imágenes de la bella
muchacha de cabello negro y rostro afilado y hermoso, y el padre de ojos
oscuros casi negros, cabello castaño, fuerte, alto pero no en exceso.
Era una noche húmeda y fría. La lluvia caía despacio
primero, rápido tras varios minutos de espera. Mojaba el cabello castaño de
Floyd, que caminaba desesperado en busca de un lugar donde poder enterrar sus
sueños y esperanzas. Con el cabello húmedo y el alma empapada, Floyd siguió
caminando en busca de un lugar que no lograba encontrar por entre las calles de
aquel sitio que le sonaba, pero que no lograba reconocer.
Sin saber cómo, por qué ni para qué, un agujero negro
apareció en medio de la calle. Ocupaba la mitad de la carretera y alcanzaba la
acera donde debía de haber gente. Floyd se asomó, pero no vio otra cosa sino la
nada, ocultándose de la materia que tanto la aterrorizaba. No había nada, solamente
un espacio negro que absorbió todo su cuerpo, como una boca tragando aire.
El lugar en el que apareció Floyd era todavía más frío que
la calle en la que caía la lluvia y los truenos sonaban. Cuando miró alrededor,
vio una habitación alumbrada por unas luces brillantes y humo saliendo del
suelo de mármol. Apretó un interruptor y la luz brillante desapareció. Tan solo
quedó el humo. Floyd distinguió una figura entrando a la habitación por una
puerta de madera. Enfadado, el tipo dijo:
—Enciende la luz, Floyd, y no me toques las narices.
El tipo era alto y robusto. Tenía una especie de vestido
blanco que le caía desde los hombros a los tobillos, cubiertos por unas
sandalias fabricadas en China; su rostro estaba cubierto por una barba blanca y
unas pobladas cejas. Sus ojos eran de ningún color y su cabello era
prácticamente inexistente. Barbudo, cejudo y medio calvo, el individuo se sentó
frente al escritorio y puso sus pies, cubiertos por las sandalias fabricadas en
el país asiático, encima de este. Floyd no supo que hacer.
—Vamos, date prisa —le replicó el hombre.
Floyd recordó lo que debía hacer. En cuanto la luz se
encendió la habitación pasó de ser sombría a brillante y viva.
—Es lo que tiene el presupuesto, Floyd. Incluso en el cielo
hacen recortes. Antes solíamos tener ángeles rodeando el cielo, pero ahora me
han convertido en un funcionario inútil. En fin.
—Esto… ¿puedo saber dónde estoy? —preguntó Floyd confuso,
mientras miraba fijamente al hombre barbudo, cejudo y medio calvo que hojeaba
unas cuantas hojas archivadas en una carpeta.
—Sabes la respuesta a esa pregunta, Floyd. —Mientras leía,
hacía muecas de desagrado—. Has cometido unos cuantos pecados, criatura. Dios
lo ve todo, muchacho. Y luego lo apunta en una carpeta. Él no es muy de ordenadores.
Siempre me dice que es demasiado mayor para esos modernismos. Supongo que no
podemos echarle la culpa. Al fin y al cabo, ¿qué edad tiene nuestro Señor?
Floyd se encogió de hombros. Se mantuvo allí de pie, sin
saber qué hacer, con la boca abierta y los pensamientos acelerados y agitados.
El hombre cerró la carpeta y la guardó en uno de los cajones
del escritorio. Posteriormente, sacó una funda negra y la abrió, dejando al
descubierto un ordenador portátil de marca Toshiba. Le dio al botón de encendido
y esperó durante medio minuto, golpeando el escritorio lentamente con las yemas
de los dedos.
—Esto es surrealista. Ni siquiera sé dónde estoy, ni quién
eres —protestó Floyd.
El hombre abrió otro cajón y sacó una funda negra de la que
sacó unas gafas cuadradas. Se las puso y observó fijamente a Floyd. Apartó la
mirada y la llevó al ordenador.
—Perdona si soy algo lento, Floyd. Estas nuevas tecnologías
japonesas…
Se encogió de hombros de nuevo y se sentó frente al hombre,
que se rascaba la coronilla y hacía muecas de desesperación.
—Aquí está. Daniel Gutiérrez Moreno, quince años, nacido el
día catorce de octubre del año mil novecientos noventa y nueve. Pecados
principales: pensamientos impuros y tocamientos, entre otros. ¿Qué tienes que
responder a esto, Daniel? ¿Te sientes orgulloso?
—¿Orgulloso? ¿Por masturbarme y pensar en el culo de alguna
tía buena? Pues no. Pero tampoco me siento mal por ello. Oiga, ya que estamos
hablando de temas personales, ¿cuál es su nombre? ¿Quién es usted?
—Mi nombre es Simón, pero me conocen como Pedro. ¿Quieres
saber quién soy? Un simple pescador con suerte y devoción, desde mi punto de
vista. Tuve la suerte de conocer a un tipo que se hacía llamar el rey de los
judíos. Y, claro, por aquel entonces no estaba bien visto todo aquello. Un
revolucionario, desde mi punto de vista. Tiene los genes de su padre, el Señor.
—Espera, espera. Tengo que asimilar todo esto. —Floyd se
llevó las manos a las sienes y las apretó frustrado—. ¿San Pedro? —El viejo
asintió orgulloso—. Es imposible que esto esté sucediendo. Soy ateo. Además, en
caso de que existieras, jamás podía pensar que fuera así. ¿Esto qué es? ¿Tu
despacho?
San Pedro asintió con la cabeza mientras continuaba
observando la pantalla de su portátil.
—Y ¿puede saberse qué hace San Pedro con un ordenador
portátil?
—Mirar tu historial de pecados, muchacho. No hay mucha cosa.
Detalles sin importancia. Robaste diez euros a tu madre, le quitaste una
botella de vino para impresionar a una muchacha… en fin. Eres un adolescente,
no se puede esperar nada de ti. Sin ánimo de ofender, por supuesto.
—Pues me ofendes, Pedro. ¿Te puedo llamar Pedro?
Pedro asintió con la cabeza.
—Mira. Tengo quince años. Todavía sigo vivo ahí abajo.
El viejo agitó la cabeza negativamente, mientras continuaba
observando la pantalla del ordenador portátil.
—No estás aquí porque hayas muerto, Floyd. Has venido de
visita. Además, este es tu sueño. Puede pasar lo que quieras que pase.
Floyd se encogió de hombros. «¿Sueño?», pensó.
—Y, si esto es mi sueño, ¿por qué no hay barcos y prostitutas?
San Pedro le observó y, decepcionado, agitó la cabeza.
—Tienes el poder de los sueños en tu cabeza, Floyd. Puedes
controlar todo a tu alrededor. ¿Y lo primero que piensas es en barcos y putas?
—Bueno. Por muchos sueños que tenga, no afectará a mi
realidad. Por lo que, sí, lo primero en lo que pienso es en barcos y putas.
—Ajá. No afectará a tu realidad. Interesante. ¿Tan seguro
estás de ello, Floyd?
Floyd asintió con la cabeza y cerró los ojos, tratando de
imaginarse un barco blanco y grande, como los de los multimillonarios del
puerto o de los Estados Unidos, con un montón de frutas y comida en recipientes
enormes, prostitutas multiculturales y de buen ver, el mar a su alrededor,
música rápida sonando y él mismo tirando dinero por la borda como haría el
mismísimo Jordan Belfort en la película «El lobo de Wall Street», dirigida por
el estadounidense Martin Scorsese.
Y entonces la habitación blanca de luces brillantes y humo
extraño desapareció. Cayendo del cielo, apareció un yate blanco y enorme. En la
cubierta sonaba música rápida y bailaban chicas en tanga, tal como se lo
imaginaba en su mente Floyd. Y entonces imaginó que las chicas se desnudaban. Y
así fue. San Pedro estaba con él, sentado en una de las sillas que rodeaban una
mesa grande de madera en la que había bebidas alcohólicas. San Pedro llevaba un
vaso con gin tonic en la mano. Bebía a pequeños sorbos mientras observaba a las
muchachas desnudándose lentamente.
—Vaya, Pedro. Parece que te gusta.
San Pedro sonrió y le dio un pequeño sorbo a su bebida.
—Solo porque tú te lo imaginas así. Has abandonado el cielo,
donde habías ido en busca de tu padre, para venir aquí a ver culos. Es tu
decisión.
«Papá… Por eso estaba en el cielo. Todo era por ti, papá.
Porque te echo de menos.» Floyd trató de recordar a su padre. Recordaba su
manía por fumar en pipa, sus dientes amarillentos como sus uñas. Recordaba su
barba mal afeitada y su cabello castaño; recordaba las tardes de domingo que
pasaba junto a él cuando todavía era un niño; recordaba incluso la forma de sus
manos y sus ojos oscuros casi negros. Pero, por mucho que lo intentara, no
lograba recordar su rostro. Lograba recordar su nombre y sus aficiones, su
devoción y su gran integridad moral, el amor que tenía por su hijo Floyd y su
esposa. Pero, aunque tratara de recordarle durante minutos, horas, no lograba
recordar su rostro. Floyd derramó una lágrima, que cayó al suelo de madera del
yate imaginado.
Y entonces todo desapareció, como por arte de magia, y Floyd
despertó en su habitación con lágrimas en los ojos.