sábado, 17 de enero de 2015

«Sueños de Floyd». Capítulo 1: Como un sueño, donde volar es posible.

Su nombre era Daniel, pero todo el mundo le llamaba Floyd, debido a su gran afición al grupo musical inglés. Era un tipo fuerte, alto pero no demasiado, de cabello castaño y sus ojos eran tan oscuros que parecían negros a primera vista, pese a ser marrones si te acercabas a él. Aunque tenía tan solo quince años, su espalda era ancha, al igual que sus hombros. Siempre se afeitaba tras su ducha diaria, echándose agua calienta a la cara y frotándosela con jabón, formando una espuma blanca que desaparecía cuando pasaba la cuchilla de afeitar. Todo eso lo hacía mientras, por los altavoces de su móvil, conectados en el baño, sonaba el álbum «The Dark Side of the Moon», de su tan adorado grupo Pink Floyd.
Si bien cada día sus costumbres solían variar, nunca cambiaba el hecho de desayunar cereales de chocolate en forma de bolas con leche fría por encima, por la mañana, antes de ir al instituto que tan poco le gustaba. Lo odiaba, más bien. Su vida estaba en las series de televisión, la música, el cine y las novelas; no en los libros de texto, los profesores amargados, que estaban ahí dando clases por no haber podido sacar mayor nota en selectividad; los adolescentes malhablados con los que tan poco se identificaba, las muchachas tan tontas que andaban tras los malos tipos, los mismos que fumaban marihuana o incluso consumían pastillas de éxtasis. Y todo aquello en individuos de quince o dieciséis años.
Floyd solía decir que el mundo se iba a ir a la mierda con personas así. Claro que aquellos que lo escuchaban no eran otros sino Joaquín Sanabria, su mejor amigo desde el primer año escolar, y Elena Fuentes, la chica de la que estaba enamorado desde el primer momento en que la vio. Claro que eso no se lo había contado nunca: no había visto la oportunidad para ello. Siempre se solía decir a sí mismo: «hoy le diré la verdad», «no puedo ocultárselo más tiempo», o cosas similares, pero nunca tenía el valor suficiente como para contárselo. Floyd pensaba que eso pudo ser excusa cuando tenía doce o trece años y acababa de conocerla, pero ahora había pasado bastante tiempo y debía de contárselo, al menos por simple e hiriente orgullo. Se lo decía cada mañana, mientras desayunaba cereales de chocolate con leche por encima; cada tarde, mientras caminaba al lado de sus dos mejores y prácticamente únicos amigos en este mundo; cada noche, mientras se afeitaba con música de su grupo favorito de fondo.
Aquella noche oscura en la que el invierno se acercaba, mientras cenaba un plato de pechugas de pollo demasiado hechas, Floyd no pudo evitar pensar en Elena y en sus ojos, en su cabello rozándole la perfecta espalda, en sus preciosos labios pidiéndole que los bese. Cuando terminó de cenar, le dijo buenas noches a su madre y le dio un beso en la frente. Pensó entonces en su padre, al que tanto echaba de menos desde aquel día soleado en el que la parca se lo llevó. Se fue a la cama variando imágenes de la bella muchacha de cabello negro y rostro afilado y hermoso, y el padre de ojos oscuros casi negros, cabello castaño, fuerte, alto pero no en exceso.

Era una noche húmeda y fría. La lluvia caía despacio primero, rápido tras varios minutos de espera. Mojaba el cabello castaño de Floyd, que caminaba desesperado en busca de un lugar donde poder enterrar sus sueños y esperanzas. Con el cabello húmedo y el alma empapada, Floyd siguió caminando en busca de un lugar que no lograba encontrar por entre las calles de aquel sitio que le sonaba, pero que no lograba reconocer.
Sin saber cómo, por qué ni para qué, un agujero negro apareció en medio de la calle. Ocupaba la mitad de la carretera y alcanzaba la acera donde debía de haber gente. Floyd se asomó, pero no vio otra cosa sino la nada, ocultándose de la materia que tanto la aterrorizaba. No había nada, solamente un espacio negro que absorbió todo su cuerpo, como una boca tragando aire.
El lugar en el que apareció Floyd era todavía más frío que la calle en la que caía la lluvia y los truenos sonaban. Cuando miró alrededor, vio una habitación alumbrada por unas luces brillantes y humo saliendo del suelo de mármol. Apretó un interruptor y la luz brillante desapareció. Tan solo quedó el humo. Floyd distinguió una figura entrando a la habitación por una puerta de madera. Enfadado, el tipo dijo:
—Enciende la luz, Floyd, y no me toques las narices.
El tipo era alto y robusto. Tenía una especie de vestido blanco que le caía desde los hombros a los tobillos, cubiertos por unas sandalias fabricadas en China; su rostro estaba cubierto por una barba blanca y unas pobladas cejas. Sus ojos eran de ningún color y su cabello era prácticamente inexistente. Barbudo, cejudo y medio calvo, el individuo se sentó frente al escritorio y puso sus pies, cubiertos por las sandalias fabricadas en el país asiático, encima de este. Floyd no supo que hacer.
—Vamos, date prisa —le replicó el hombre.
Floyd recordó lo que debía hacer. En cuanto la luz se encendió la habitación pasó de ser sombría a brillante y viva.
—Es lo que tiene el presupuesto, Floyd. Incluso en el cielo hacen recortes. Antes solíamos tener ángeles rodeando el cielo, pero ahora me han convertido en un funcionario inútil. En fin.
—Esto… ¿puedo saber dónde estoy? —preguntó Floyd confuso, mientras miraba fijamente al hombre barbudo, cejudo y medio calvo que hojeaba unas cuantas hojas archivadas en una carpeta.
—Sabes la respuesta a esa pregunta, Floyd. —Mientras leía, hacía muecas de desagrado—. Has cometido unos cuantos pecados, criatura. Dios lo ve todo, muchacho. Y luego lo apunta en una carpeta. Él no es muy de ordenadores. Siempre me dice que es demasiado mayor para esos modernismos. Supongo que no podemos echarle la culpa. Al fin y al cabo, ¿qué edad tiene nuestro Señor?
Floyd se encogió de hombros. Se mantuvo allí de pie, sin saber qué hacer, con la boca abierta y los pensamientos acelerados y agitados.
El hombre cerró la carpeta y la guardó en uno de los cajones del escritorio. Posteriormente, sacó una funda negra y la abrió, dejando al descubierto un ordenador portátil de marca Toshiba. Le dio al botón de encendido y esperó durante medio minuto, golpeando el escritorio lentamente con las yemas de los dedos.
—Esto es surrealista. Ni siquiera sé dónde estoy, ni quién eres —protestó Floyd.
El hombre abrió otro cajón y sacó una funda negra de la que sacó unas gafas cuadradas. Se las puso y observó fijamente a Floyd. Apartó la mirada y la llevó al ordenador.
—Perdona si soy algo lento, Floyd. Estas nuevas tecnologías japonesas…
Se encogió de hombros de nuevo y se sentó frente al hombre, que se rascaba la coronilla y hacía muecas de desesperación.
—Aquí está. Daniel Gutiérrez Moreno, quince años, nacido el día catorce de octubre del año mil novecientos noventa y nueve. Pecados principales: pensamientos impuros y tocamientos, entre otros. ¿Qué tienes que responder a esto, Daniel? ¿Te sientes orgulloso?
—¿Orgulloso? ¿Por masturbarme y pensar en el culo de alguna tía buena? Pues no. Pero tampoco me siento mal por ello. Oiga, ya que estamos hablando de temas personales, ¿cuál es su nombre? ¿Quién es usted?
—Mi nombre es Simón, pero me conocen como Pedro. ¿Quieres saber quién soy? Un simple pescador con suerte y devoción, desde mi punto de vista. Tuve la suerte de conocer a un tipo que se hacía llamar el rey de los judíos. Y, claro, por aquel entonces no estaba bien visto todo aquello. Un revolucionario, desde mi punto de vista. Tiene los genes de su padre, el Señor.
—Espera, espera. Tengo que asimilar todo esto. —Floyd se llevó las manos a las sienes y las apretó frustrado—. ¿San Pedro? —El viejo asintió orgulloso—. Es imposible que esto esté sucediendo. Soy ateo. Además, en caso de que existieras, jamás podía pensar que fuera así. ¿Esto qué es? ¿Tu despacho?
San Pedro asintió con la cabeza mientras continuaba observando la pantalla de su portátil.
—Y ¿puede saberse qué hace San Pedro con un ordenador portátil?
—Mirar tu historial de pecados, muchacho. No hay mucha cosa. Detalles sin importancia. Robaste diez euros a tu madre, le quitaste una botella de vino para impresionar a una muchacha… en fin. Eres un adolescente, no se puede esperar nada de ti. Sin ánimo de ofender, por supuesto.
—Pues me ofendes, Pedro. ¿Te puedo llamar Pedro?
Pedro asintió con la cabeza.
—Mira. Tengo quince años. Todavía sigo vivo ahí abajo.
El viejo agitó la cabeza negativamente, mientras continuaba observando la pantalla del ordenador portátil.
—No estás aquí porque hayas muerto, Floyd. Has venido de visita. Además, este es tu sueño. Puede pasar lo que quieras que pase.
Floyd se encogió de hombros. «¿Sueño?», pensó.
—Y, si esto es mi sueño, ¿por qué no hay barcos y prostitutas?
San Pedro le observó y, decepcionado, agitó la cabeza.
—Tienes el poder de los sueños en tu cabeza, Floyd. Puedes controlar todo a tu alrededor. ¿Y lo primero que piensas es en barcos y putas?
—Bueno. Por muchos sueños que tenga, no afectará a mi realidad. Por lo que, sí, lo primero en lo que pienso es en barcos y putas.
—Ajá. No afectará a tu realidad. Interesante. ¿Tan seguro estás de ello, Floyd?
Floyd asintió con la cabeza y cerró los ojos, tratando de imaginarse un barco blanco y grande, como los de los multimillonarios del puerto o de los Estados Unidos, con un montón de frutas y comida en recipientes enormes, prostitutas multiculturales y de buen ver, el mar a su alrededor, música rápida sonando y él mismo tirando dinero por la borda como haría el mismísimo Jordan Belfort en la película «El lobo de Wall Street», dirigida por el estadounidense Martin Scorsese.
Y entonces la habitación blanca de luces brillantes y humo extraño desapareció. Cayendo del cielo, apareció un yate blanco y enorme. En la cubierta sonaba música rápida y bailaban chicas en tanga, tal como se lo imaginaba en su mente Floyd. Y entonces imaginó que las chicas se desnudaban. Y así fue. San Pedro estaba con él, sentado en una de las sillas que rodeaban una mesa grande de madera en la que había bebidas alcohólicas. San Pedro llevaba un vaso con gin tonic en la mano. Bebía a pequeños sorbos mientras observaba a las muchachas desnudándose lentamente.
—Vaya, Pedro. Parece que te gusta.
San Pedro sonrió y le dio un pequeño sorbo a su bebida.
—Solo porque tú te lo imaginas así. Has abandonado el cielo, donde habías ido en busca de tu padre, para venir aquí a ver culos. Es tu decisión.
«Papá… Por eso estaba en el cielo. Todo era por ti, papá. Porque te echo de menos.» Floyd trató de recordar a su padre. Recordaba su manía por fumar en pipa, sus dientes amarillentos como sus uñas. Recordaba su barba mal afeitada y su cabello castaño; recordaba las tardes de domingo que pasaba junto a él cuando todavía era un niño; recordaba incluso la forma de sus manos y sus ojos oscuros casi negros. Pero, por mucho que lo intentara, no lograba recordar su rostro. Lograba recordar su nombre y sus aficiones, su devoción y su gran integridad moral, el amor que tenía por su hijo Floyd y su esposa. Pero, aunque tratara de recordarle durante minutos, horas, no lograba recordar su rostro. Floyd derramó una lágrima, que cayó al suelo de madera del yate imaginado.
Y entonces todo desapareció, como por arte de magia, y Floyd despertó en su habitación con lágrimas en los ojos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario